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Ebrios paseos nocturnos

Callejero de París

Hay algo en el carácter parisino —o francés, no sé en cuál de los dos— que les conduce a escorarse un poco más de la cuenta hacia el lado de la poesía. Casi siempre esto conduce a una cursilería exagerada y pedorrísima, como por ejemplo que, en las páginas web de las empresas, en lugar de «Inicio» o alguna cosa igualmente prosaica ponen mamarrachadas como «Espace découverte», que significa «Espacio descubrimiento» y me pongo malo solo de explicarlo. Hay más cosas, como por ejemplo que la caja central de un supermercado se llame «Accueil», bienvenida, pero si me pongo a contarlo todo no termino nunca y no es de eso de lo que quiero hablar.

La tipografía Didot, bautizada así por Firmín Didot, que era un señor presumiblemente francés con semejante nombre.

Esa desviación poética, como hemos dicho, tiene a menudo consecuencias lamentables, pero a veces produce felices accidentes. Una de ellas es el callejero de París. El otro día caminaba por la rue Didot, que es una calle que me parece muy bien porque está dedicada al señor que inventó el punto Didot y que da nombre a una tipografía que me gusta mucho. Digo que caminaba por la rue Didot, y suena como si fuera un personaje de una novela latinoamericana de los setenta que cuenta por qué calles de París iba caminando por reafirmarse en su bohemia, pero puedo garantizar que el mío era un paseo indudablemente capitalista, porque estaba volviendo de cenar con unos compañeros de trabajo en un restorán moderno y fino pero sin pasarse.

Habíamos cenado con vino, porque uno no puede estar en París y no cenar vino, y yo había bebido un poco más de vino del que habría sido prudente en una cena con compañeros de trabajo. No había bebido lo suficiente como para ponerme ridículo o inapropiado, pero sí como para apreciar con un poco más de intensidad la belleza de las cosas mundanas. Caminábamos hacia el hotel. Algunos iban hablando entre ellos, pero yo caminaba con las manos en los bolsillos mirando lo que había en la rue Didot.

En la rue Didot había tres cosas que me llamaron la atención:

  • Una brasserie llamada Les Artistes. No sé cuántos cafés y brasseries y vainas des Artistes habrá en Francia. Creo que casi todos se deben llamar así. Bueno, pues unos señores dijeron «Vamos a poner nosotros uno que el nuestro va a ser el bueno». Hay que respetar su resolución.
  • Una bocacalle que era la rue du Moulin-Vert. Me fascina la idea de un molino verde en mitad de París. No era mitad de París en la Edad Media, probablemente ni siquiera en la Moderna porque esto está más hacia los bulevares de los Mariscales que hacia Nôtre-Dame. Había un molino allí, no sé, en mil seiscientos quince, y a esa calle, que no era ni una calle ni era nada, era un camino que trazaba la gente de puro ir al molino a por sus cosas, y el molino era verde. En 2020 no hay molino ni hay nada de lo que había, pero es la calle del Molino Verde. Hay que respetar su persistencia.
  • Otra bocacalle, a duras penas una calle: un callejón empedrado, con una pared grafiteada y un parquecito al otro lado. Una calle sin ninguna importancia y sin ningún portal, y se llama rue des Thermopyles. ¿Por qué gastaron un nombre tan maravilloso, una de esas escasísimas aplicaciones prácticas de la natural cursilería francesa, en una calle sin portales? Nadie vivirá en el 4, rue des Thermopyles. Es una injusticia en un país en el que tanta gente vive en una calle que se llama Corentin Celton que nadie sabe quién es ni para qué sirve. Es un desperdicio, una frivolidad. Hay que respetar su banalidad.
La calle de las Termópilas, que no tiene portales porque alguien decidió que nadie se merecía tener una dirección tan interesante.

Todo esto ocurrió en trescientos metros, quizá cuatrocientos que eran los que nos separaban del hotel. París es una ciudad sucia, difícil y antipática, pero tiene una calle de las Termópilas y eso también hay que respetarlo.

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Wilkommen bienvenue welcome

Weimar

Creo que es Weldon Penderton el que dice que vivimos en la Alemania de Weimar y que (parafraseo) no hay quien aguante este olor a #findelmundo. Puede ser. Hay días que me lo creo más y días que menos.

En una de mis compras impulsivas de libros que no me leo me compré un recopilatorio de las novelas berlinesas de Christopher Isherwood (Mr. Norris Changes Trains y Goodbye to Berlin). Esto vino porque tuve una fase Cabaret, en la que vi la película de Fosse y luego el montaje de Sam Mendes del 94. La película de Fosse está muy bien, porque además tiene una versión sinceramente escalofriante de Tomorrow Belongs to Me, que es una canción que trata exactamente sobre el weimarismo.

La versión del West End del ’94 es un poco más pesimista. Más aún, no es que la peli sea una fiesta exactamente. Pero el final, que no voy a desvelar por si esto lo lee alguien que quiere verla (por cierto, de momento y hasta que la quiten está aquí), es bastante menos sutil. Hay algo perturbador en toda la historia, que imagino que estará en el material de origen, pero desde luego se percibe en las adaptaciones.

No sé si estamos en la república de Weimar o no, pero es verdad que hay algo romántico y maravilloso en esos periodos que están al borde del abismo. La Belle Époque, las sucesivas edades de oro de Hollywood, los yuppies cocainómanos de los ochenta, la café society neoyorquina. Son escenarios maravillosos para una novela, para una película, para un musical, para una ópera.

¿Pero a quién se le ocurriría escribir sobre nuestra época? No digo ahora, digo después. ¿Quién podría sentir fascinación por este tiempo plano y aburrido, que es como si estuviera iluminado por un fluorescente, como una Coca-Cola Zero Zero que ha perdido todo el gas? No hay cabarets, no hay escándalo, no hay libertinaje.

Quizá no vivimos en Weimar después de todo.

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Inauguraciones de Pantanos

Primer post

El primer post de un blog nuevo siempre cuesta especialmente, así que ni lo voy a intentar. Queda inaugurado este pantano.